La cocina debía transmitir la misma alegría que la familia
Cuando diseñamos una vivienda solemos hablar de distribución, materiales o iluminación. Sin embargo, antes de tomar cualquiera de esas decisiones, me hago una pregunta: ¿cómo viven realmente las personas que habitarán ese espacio?
En este proyecto había una respuesta muy clara.
Durante la semana, cada miembro de la familia llevaba un ritmo diferente. Los desayunos de los domingos eran el único momento en el que podían reunirse sin prisas.
Si la cocina iba a convertirse en el escenario de esos recuerdos, no tenía sentido diseñarla como un espacio neutro e impersonal.
Por eso desarrollé una propuesta donde el color tenía una función muy concreta: transmitir la energía, la calidez y la alegría con las que esa familia vivía esos momentos juntos.
La isla se convirtió en el punto de encuentro. Los materiales aportaban calidez sin perder funcionalidad y la distribución favorecía que cocinar, conversar y compartir sucedieran de forma natural.
No era una decisión estética.
Era una decisión sobre cómo quería que esa familia recordara sus domingos.

Esta propuesta refleja mi forma de entender el interiorismo: diseñar espacios que respondan a la forma de vivir de las personas. Aunque finalmente se ejecutó otra solución, este proyecto representa el criterio de diseño que guía mi trabajo.







