Hay momentos que, más que un reconocimiento, funcionan como un espejo.
El pasado mes de noviembre formé parte del jurado del concurso Jóvenes Talentos de INARDI, en Oropesa del Mar.
Una experiencia compartida con la arquitecta Laetitia de Coene y el arquitecto Jaime Sanahuja, donde el objetivo no era simplemente valorar propuestas… sino entenderlas de verdad.
El reto: diseñar el baño de un hotel evocando un viaje sensorial a la Borgoña francesa.
Y aquí es donde todo se separa.
Porque cuando analizas proyectos así, enseguida distingues quién está componiendo algo bonito… y quién está construyendo una experiencia.
Mi criterio fue muy claro desde el principio: no mirar el espacio desde fuera, sino meterme dentro.
Imaginar cómo sería entrar, qué sentiría el visitante, cómo le acompañaría cada decisión.
Valorar la creatividad, sí. Las formas, también.
Pero sobre todo, la capacidad de transformar un espacio en algo que se vive, no solo se mira.
La velada se celebró en un restaurante francés, donde todo tenía coherencia con el concepto del concurso. Allí cenamos, compartimos conversaciones y, sobre todo, escuchamos a los ganadores presentar sus proyectos.

Ese momento es clave.
Porque es cuando el diseño deja de ser imagen y se convierte en discurso.
Cuando entiendes si hay una idea detrás… o solo una composición estética.
La entrega de premios cerró la noche con un gesto muy cuidado: unas celosías diseñadas por Tutocote. Piezas con identidad, con intención. Como los proyectos que realmente destacan.
Formar parte de este jurado no ha sido solo una experiencia bonita. Ha sido una reafirmación.
De que el interiorismo no va de elegir elementos que encajen, sino de tomar decisiones que construyan algo con sentido.
Porque el verdadero diseño no es el que más llama la atención. Es el que se entiende sin explicarlo.
Si estás en ese punto en el que quieres que tu espacio tenga sentido, coherencia y una base sólida sobre la que construir…











